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Soñar

Quisiera soñar sin nunca tener que despertar. De este modo cualquier cosa que imaginase sería infinita, perfecta…

En un sueño puedo dibujar en la arena tu nombre y que inmediatamente aparezcas frente a mi sonriendo. Podría, si quisiera, decirte todo aquello que necesito pero que no me atrevo. En los sueños no existe el rechazo,  el miedo o la duda. En un mundo donde el único límite es la imaginación, podríamos bailar bajo la luz de las estrellas sin tener que llevar máscaras.

La brisa agitaría tu vestido y acariciaría tu rostro, mientras yo, perdido en el azur de tus ojos volvería a ser feliz una vez más. En ellos vería el mar agitado, la fuerza del trueno y el calor del fuego. En ellos, moriría finalmente la soledad y la melancolía. En un sueño, podría congelar el tiempo en el preciso instante en el que tus labios rozasen los míos y hacer que durase para siempre.

Pero aun así, sé que las olas tratarían de borrar tu nombre de la arena, arrancándote de mis brazos otra vez. Obligándome a despertar.

Y es que de los sueños, por más que nos pese, uno termina despertándose.

Claire [Relatos de Khalid – Pt. 2]

Instintivamente los dos jinetes tiraron con firmeza de las riendas deteniendo en seco a sus caballos, que protestaron con un relincho.

Sin dudarlo, Jabir echó mano a su arma, presto a desenvainarla para mantener a raya la nueva amenaza. Si Khalid no llega a sujetarle el brazo impidiéndoselo, hubiese sido más que probable que el guerrero partiese en dos a aquel pobre infeliz.

– Solo es un hombre desesperado. Será peor si desenvainas eso con tanta gente mirando.

Entendía el celo de su amigo por protegerlo, pero en ese caso el hombre no era una amenaza. El viejo gruñó pero relajó su mano de la empuñadura, sabía que tenía razón.

Por su parte Khalid miró apesadumbrado al pobre hombre. Mostraba los signos de la enfermedad, su destino estaba echado. Probablemente moriría antes de que se acabase el día.
Una parte de él quiso desmontar del caballo y acercarse al enfermo, darle algo de beber y ofrecerle algún remedio que mitigase su dolor. Pero no podía hacer nada.

Se mantuvo en su caballo, ajustándose más el turbante a la boca. No sabía exactamente como se transmitía la enfermedad, pero era de sentido común que acercarse demasiado a alguien así de infectado no era lo más recomendable.

– Lo siento, no poseo los conocimientos necesarios para ayudaros. Estáis en manos de Dios. –Se obligó a hablar con firmeza, aunque su voz denotaba la pena que sentía por el destino de aquel parisino.

Hizo recular su caballo, apartándose poco a poco pues no quería que el hombre se abalanzase al estribo. No por miedo al contagio sino por lo que sabía que haría Jabir si eso sucedía. Estallaría el caos en el mercado y podrían acabar muy mal.

Sendos regueros de lágrimas surcaron la sucia tez de aquel hombre moribundo, dejando dos surcos de un pálido color entre la mugre que cubría su rostro.

– Malditos… todos estamos malditos… Dios ha apartado su… mirada de nosotros…

En un agónico acto el hombre intentó levantarse para suplicar a los extranjeros de más cerca, pero al dar el primer paso las fuerzas que había conseguido de entre todos los recovecos de su cuerpo pareció desvanecerse llevando al infeliz al suelo en una súbita caída.

Una vez tendido en el adoquinado no se movió más. Posiblemente su suerte acabara de mejorar en aquellos momentos, llevándoselo lejos de allí, a un lugar donde el sufrimiento ya no existía.

”Que Alá te acoja en su seno” murmuró Khalid.

-Alguien debería ocuparse de darle un entierro digno… –dijo más para si mismo que para alguien en particular.

Sabía que aquello no ocurriría, la gente ni siquiera parecía mostrar interés en un pobre indeseable, que como tantos otros, sucumbía ante la insaciable Peste. Algún carromato llegaría y lo apilaría junto a los otros que habían compartido su destino ese día, para finalmente quemarlos o quién sabe qué hacer con ellos.

Un grito desgarrador sacó a Khalid de sus tribulaciones y le hizo mirar en la dirección opuesta, alarmado. Jabir reaccionó igual de rápido, presto a desenvainar si era necesario.

Justo en ese momento salía un hombre de un establecimiento, completamente enajenado y cubierto de sangre. En su diestra empuñaba un cuchillo oxidado de mala calidad, pero que había sido suficiente para segar al menos una vida; en la otra mano portaba un pequeño saquito de monedas.

Al verlo las mujeres gritaron. Muchos otros pedían a viva voz que acudiera la guardia, otros tantos se sumaron a los gritos pero nadie osó acercarse siquiera a la escena, mucho menos intentar detener al hombre que había comenzado a correr calle abajo.

Khalid sin pensárselo dos veces cabalgó hacia el edificio de donde había salido el hombre. Y con un gesto indicó a Jabir que saliera en pos del fugitivo.
Nadie osó acercarse, mucho menos cuando vieron a los dos árabes aproximarse sin saber qué intenciones traían, aunque nadie se opuso cuando el entrado en años alcanzó a caballo al asesino y lo derribó golpeándolo con la empuñadura de su arma.

El joven mestizo ni siquiera se paró a contemplar la escena, como un rayo desmontó y se internó en el edificio. Parecía ser una tienda de remedios naturales, una especie de herboristería o algo similar. Allí, derribado sobre uno de los estantes y con el abdomen abierto en canal se encontraba un hombre de mediana edad, debía ser el tendero. Era demasiado tarde para él.

Enseguida se percató de que no era el único, por los sollozos de una niña que parecían venir de la trastienda. Khalid acudió corriendo.

– Claire… mi niña… Claire… –La voz se apagaba.

La mujer tenía un profundo corte en el costado que sangraba casi a borbotones pese a sus intentos por contenerlo con la mano. A su lado había una niña de unos 4 o 5 años, llorado sobre su pecho.

– Claire –Sollozó la pequeña.

El corazón del mestizo se rompió ante tal escena. Era demasiado tarde también para ella. Se acercó y cogió la mano de la mujer cuando alzó la suya suplicante.

– Por favor… Claire… por… favor… –Khalid apretó su mano mientras asentía, pequeñas lágrimas se escaparon de sus ojos. La mujer le soltó la mano para acariciar la cabeza de su pequeña, que no paraba de llorar. Volvió a mirar al árabe y pareció sonreír brevemente, aunque él no podría asegurarlo. Finalmente dejó de hacer presión en la herida con la otra mano y expiró.

Khalid no hizo nada, tan solo estaba ahí, postrado delante de la madre que había muerto y mirando a la niña que lloraba desconsolada sin saber muy bien qué hacer. Optó por acariciarle el pelo, como había hecho su madre y ella pareció tranquilizarse aunque no dejó de llorar.
Se quedó largo rato en silencio, acariciándola así sin hacer nada más, ni siquiera se dio cuenta cuando algunas personas entraron a mirar, o de cuando se apartaron porque había entrado Jabir. Tampoco le importaba, sólo la niña y el profundo pesar que sentía por ella.

La pequeña se dejó coger en los brazos de Khalid sin dejar de sollozar, aunque en ellos parecía más calmada. Se agarró fuertemente a su pecho y lloró en él hasta quedarse dormida, agotada.

El Halcón se posa sobre París [Relatos de Khalid – Pt. 1]

Febrero de 1236, Anno Domini

El sol se alzaba bastante alto sobre el cielo, hacía ya un buen rato desde que hubiera amanecido. La marcha había sido larga pero al final habían llegado aproximadamente a la hora estimada.

Bajo la tela del turbante que ocultaba levemente la faz del hombre, comenzó a dibujarse una sonrisa. ”París” murmuró apenas en un susurro. Tiró suavemente pero con firmeza de las riendas de su caballo mientras emitía un sonido autoritario a la par que tranquilizador, ordenando así a la bestia que detuviese su marcha.

A su lado cabalgaba otra figura igualmente ataviada, un poco más corpulenta aunque similar en estatura. Ambos iban vestidos con una túnica, de color negro uno y azul oscuro el otro, que llevaban justo encima de una blusa blanca. Pero lo más característico eran los turbantes del mismo color de la túnica, que cubrían sus cabezas y ocultaban parcialmente el rostro. Iban sujetos por un akal dorado que consistía en una sencilla banda que los ceñía un poco más arriba de la frente.
Igual de poco usual que la vestimenta fue la lengua que empleó el hombre corpulento –vestido de negro- cuando habló al otro hombre.

– Mi señor Khalid, ¿por qué os deteneis? –El árabe, que hasta entonces había cabalgado ligeramente adormecido comenzó a escrutar los alrededores en señal de precaución y precipitada alarma. Llevaban tantas horas cabalgando sin descanso que finalmente el sueño lo había vencido y no había sido consciente de ello hasta que el otro detuvo la marcha de repente.

– Tranquilizaos mi buen Jabir, siento haberos sobresaltado -destapó entonces la prenda que le ocultaba el rostro mostrando así una afable sonrisa a su amigo en gesto conciliador. Después extendió un brazo al frente y señaló-. Mirad, es realmente tan hermosa como imaginaba.

Jabir, una vez recuperado del sobresalto, miró hacia donde Khalid le mostraba, contemplando la ya no tan lejana ciudad que ante sus ojos se alzaba.

– Bueno, he de admitir que no está mal después de todo, pero no puede compararse con nuestro hogar.

Khalid esbozó una sonrisa resignada y con un ademán ordenó de nuevo la marcha. Al fin estaban en aquél lugar tan ansiado, en aquella ciudad en la que esperaba encontrar una parte importante de su vida… Aunque después de todo lo que habían pasado hasta llegar ahí ya no estaba seguro de nada.

Después de un rato más de marcha llegaron a París y se internaron entre sus calles mezclándose con grupos de mercaderes y viajeros que dirigían sus pasos hacia lo que parecía ser el gran mercado de la ciudad.

A esa hora de la mañana, los puestos y establecimientos estaban realmente abarrotados de todo tipo de pintorescos personajes. Desde la señora de generosa figura que vendía a golpe de voz el pan amasado y cocinado en la madrugada, hasta el típico charlatán que comerciaba con todo tipo de remedios infalibles para las enfermedades de última hora. Estos últimos habían prosperado recientemente, pues al parecer los rumores que había oído Khalid sobre que la Peste Negra estaba afectando París debían ser ciertos.

Multitud de curanderos ofrecían remedios infalibles a precios desorbitados a gente desesperada, asegurando que tal amuleto protegería su casa del mal o que si fumaban determinada hierba purificarían sus pulmones protegiéndolos de la temible enfermedad. Otros lo hacían con inciensos u otros productos para ahumar las casas y esterilizar el ambiente. Cada cual tenía sus variopintas curas.

El árabe meneó la cabeza en gesto de disgusto, sabía que muchos de ellos venderían sus objetos inútiles por muy caros e inservibles que fueran, pues la desesperación de la gente les lleva a creer cosas solo porque temen que la verdad sea tan dura que no puedan aceptarla… La mayoría de las veces no quieren aceptarla.

Khalid decidió no montar un espectáculo el primer día en el que llegaba a la ciudad, no hubiese sido prudente llamar la atención, mucho menos para él vistiendo ese atuendo y conociendo la intolerancia de los cristianos hacia gente como él. Así pues pasó de largo y prosiguió el trote junto a su silencioso acompañante.

Jabir se mostraba muy inquieto, receloso. Permanecía en constante estado de alerta, presto a desenvainar su cimitarra si era preciso. No le gustaba ese ambiente y podía oler la amenaza constante que era aquél lugar para ellos. Aun así no dijo nada ni mostró sus pensamientos a Khalid, se limitó a escrutar en derredor.

Mientras ambos jinetes cabalgaban encima de sus monturas sobre el adoquinado suelo de las callejas de París, los transehuntes que se movían por allí intentaban evitarlos. Incluso se apartaban de su camino y murmuraban a sus espaldas.
De un pequeño grupo que se encontraba allí, los hombres a caballo pudieron escuchar incluso que ellos mismos debían ser el mal encarnado, pues llegaban, como aquel que dice, con la Peste. De hecho, posiblemente si los hombres no estuvieran tan acobardados por la visión de los sarracenos junto con la epidemia que estaban viviendo, se les hubieran hechado al cuello. Por suerte para ambos bandos nada ocurrió. Pero más adelante, en el portal de una casa, un hombre con muy mal aspecto y algunos bubones negruzcos asomando por su piel alargó sus brazos suplicante ante los árabes.
– Ayudadme… tened piedad de… mi, llevaos el mal… que nos acecha…

La voz sonaba cascada y entrecortada, como si cada sílaba que profería le costara la vida misma.

DyE – Fantasy

Antes de nada dar las gracias a Even, ya que directa o indirectamente, hace que lleguen a mi conocimiento enlaces/canciones interesantes

Y ahora profundizando en el video….

Se trata de un videoclip de animación realizado por Jérémie Périn para el sigle “DyE – Fantasy”.

Contiene la estética japonesa que sigue las premisas de adolescentes, monstruos y sexo.

Fantasy aparece en el disco “Taki 183” de DyE

Dirigido por Jérémie Périn
Escrito por Laurent Sarfati & Jérémie Périn
Dirección Artística de Mikael Robert

Producida por Excuse My French / PH & Tigersushi
Productor ejecutivo : Constance Guillou
Coordinador de Producción : Perrine Schwartz
Comisionado : Jill Caytan

Dies Irae

Tic-tac… tic-tac…

Cuánto más van a tardar, empiezo a ponerme nervioso.

Tic-tac… tic-tac…

Las nueve y treintaisiete; me da la impresión de que las manecillas no avanzan, que incluso vuelven hacia atrás burlándose de mí.
Ah… al fin la puerta se abre y sale mi amigo, acompañado por un policía. Tiene los ojos enrojecidos, es evidente que ha estado llorando mientras le interrogaban.

-Bueno… pueden marcharse, pero les recomiendo que estén localizables durante los próximos quince días, así que por favor, no hagan nada estúpido como realizar un viajecito.
-Disculpe.
Pongo una mano sobre el hombro de Dan y lo insto a que salga conmigo de comisaría mientras evito la sonrisa socarrona del agente. ¿Qué cojones le hace tanta gracia? Menudo gilipollas. Encima hace un frío que pela en la calle.

-Arg…
Qué me pasa, qué es este dolor punzante en la cabeza… me voy a marear.

-Eh tío ¡tío! ¿estás bien?
Vale, ya está, lo veo todo borroso pero ya no me duele.
-Sí, sí. No te preocupes, es que ha sido un día muy largo ¿tú estás bien? Ese policía era un imbécil.
-Yo… no me creen, ¡pero te juro que es verdad! ¡yo no he hecho nada! Fue esa luz… seguro que fue…
-Dan, para.
-Lo siento.
-Olvídalo y vámonos, te llevaré a tu casa.

[…]

Tic-tac… tic-tac…

No me voy a dormir, son más de las tres y media de la mañana y por más que lo intento no pillo el sueño. Aunque no me extraña con el día que llevo, estas cosas sólo me pasan a mí. Me pregunto qué será lo que realmente le ha pasado a Dan, nunca lo había visto así, estaba casi catatónico cuando lo encontré. ¿Pero qué cojones hacía allí? Todo el mundo sabe que Ribbon Place está lleno de putas y drogadictos, que te asesinen es lo más leve que te puede pasar en ese lugar.

¡Joder! Ya está ese puto dolor de cabeza otra vez, no veo nada, las sienes me arden. Esta vez no me libro… me mareo.

[…]

Vale, estoy soñando, no hay otra explicación, porque este sitio es jodidamente raro. Todo el cielo es de color anaranjado, lleno de nubes de humo y además el aire transporta volutas de ceniza. Más que la azotea de un rascacielos esto parece un volcán. ¡Si hasta hace calor! ¿Cómo coño bajo de aquí? No hay ni puertas ni escaleras y abajo… bueno, mejor no volver a mirar, me entran nauseas.

Además tengo esa angustiosa sensación, como si alguien estuviese observándome, como si el tiempo no fluyese en este extraño lugar con mil ojos invisibles.

[…]

-No sé qué decirte… pero me preocupa que realmente haya hecho algo.
-Lily, lo conoces, Dan no sería capaz de hacer daño a una mosca, mucho menos de… bueno, ya sabes, de hacer eso.
-Mutilar a alguien hasta la muerte, dilo claro o no lo digas.

Ok me he pasado, acabo de darme cuenta al ver las caras de Lily y Robert. Estos días me paso de borde sin darme cuenta, no sé qué me pasa pero estoy de mal humor continuamente. Deben ser esas putas migrañas, desde que aparecieron no doy pie con bola.

-Lo siento, no quería ser tan brusco. Pero estoy contigo, lo que no entiendo es qué hacía Dan en un sitio como ese, en plena escena de un crimen.
-Él dice que no tuvo nada que ver, que recuerda perfectamente que el hombre estaba bien la primera vez que lo vio pero…
-Pero una luz blanca y cegadora lo envolvió todo y de repente el hombre ya no tenía extremidades ¿no?

Lo he vuelto a hacer ¿qué pasa con mi tacto? Joder.
-¿Creéis que estaba borracho?
-No, fue lo primero que comprobé cuando me llamaron de comisaría y pude hablar con él, esa noche no había bebido ni gota y aun así afirma fervientemente que todo pasó como él dice.
-Pobre Dan…
-Bueno, lo dejaron marcharse por falta de pruebas pero si no llego a decirle que se calme seguro que lo encierran por lunático.
Otro silencio incómodo, esta vez no creo haber dicho nada del otro mundo. Afortunadamente el sonido del teléfono en la habitación cercana me da una excusa para salir de la habitación unos segundos.
-Un momento, ahora vengo.

Lo cierto es que me siento distinto últimamente, no era consciente de cuánto, hasta hoy. Ellos están preocupados de verdad por Dan, noto el pesar en sus miradas y lo difícil que es este tema para ellos… ¿Solo para ellos y no para mí? Ya no sé qué pensar. ¿Siempre he sido tan frío? Juraría que no, algo me está cambiando. La cuestión es que siento casi una completa indiferencia por este tema y teóricamente Dan es mi mejor amigo ¿no debería afectarme más?

-¿Si? ¿Diga?

Cuelgan. Será gilipollas, estoy de bromitas hasta los cojones. Vuelvo hacia la habitación y la puerta está cerrada. ¿Para qué cierran? Si les he dicho que ahora volvía. Toco un par de veces, nadie responde. Giro la manecilla y abro. Allí no hay nadie.

Es imposible que se hayan ido, deberían haber pasado delante de mí ya que el teléfono está en el único pasillo que lleva desde la habitación a la salida, no hay ninguna otra puerta en el camino, ni siquiera el baño.
Dentro, la ventana está cerrada y no hay ningún sitio donde esconderse, es una habitación pequeña: un par de estanterías, una mesa y las sillas donde estábamos sentados.

Tocan el timbre de abajo consiguiendo que me sobresalte.

No estoy drogado, no estoy soñando y no entiendo una puta mierda de lo que está pasando.

Vuelven a tocar. Ya voy puto impaciente.

-¿Quién es?
-¿Cobb? ¿señor Eric Cobb?
-Sí, soy yo, ¿qué quiere?
-Necesito que me acompañe, tiene que declarar.

¿Declarar? Qué leches voy a declarar.

-¿Está ahí? ¿me ha oído?
-Sí, sí pero yo no t…
-Baje.

[…]

Esto es increíble, no solo me ha traído por la fuerza sino que casi me pone las esposas, ¿pero este de qué va? Y ni siquiera estamos en la comisaría, sino “paseando cordialmente” por la calle, según él.

No ha dicho una palabra más en un rato y me insta al silencio, su última mirada ha sido lo suficientemente amenazadora como para que cierre el pico. Este tipo parece recién sacado de una novela policiaca de los años 40, si lleva gabardina y todo, con su sombrero.

Empiezo a notar que hay menos gente por la calle, no sé qué hora es pero debe ser tarde.
De repente se detiene en mitad de la acera, bajo la luz de una farola. No hay nadie más allí y yo empiezo a sentirme algo más que incómodo.

-Verá señor Cobb, quería hablarle acerca de su amigo.
-¿Y para eso hemos venido hasta aquí? ¿Es que no podía…?
-Cállese. Quiero que me diga cuánto hay de verdad en todo este asunto.
-Y yo qué sé ¿No han hablado con él? Yo ni siquiera estaba allí.
-¿Usted confía en su amigo señor Cobb?
-Claro que sí.

Juraría que todo está cada vez más oscuro, como si la noche se cerrase sobre nosotros y solo quedase el pequeño haz de luz de nuestra farola, evitando que seamos engullidos por la oscuridad.

-Pero no cree que lo que dice sea cierto ¿no es verdad?
-Él no sabe mentir. Si de verdad hubiera hecho algo…
-Sabemos que no ha hecho nada.
-¿Entonces? ¿Cuál es el problema?
-Que no haya hecho no significa que no sepa.

Este tío es imbécil.

-Ha contado todo lo que sabe una y otra vez, y no es más de lo que ustedes ya tienen en sus informes.
-¿Lo de la luz? No creerá en serio en todo eso.
-Mire, estoy cansado y harto de este interrogatorio que ni siquiera va conmigo. Créanle o no le crean, pero a mi déjeme en paz. Solo le diré una cosa: Yo confío en Dan, no sé qué vio o dejó de ver, ni qué cojones pasó allí, pero sea lo que sea, él cree de corazón en todo lo que ha dicho. Hagan lo que quieran con lo que saben. Me marcho.

O eso quiero, pero no me puedo mover. El hombre me mira contrariado, creo que no le ha gustado mi última respuesta, aunque no dice nada. Quiero largarme de allí ¿Por qué coño no lo hago? Pero es que no me puedo mover, joder. Tengo el cuerpo completamente paralizado y siento un terrible hormigueo que me recorre de los pies a la cabeza.

Estoy muy angustiado, quiero irme, quiero correr, quiero gritar. Además la noche se está cerrando, el círculo de luz que proyecta la farola cada vez es más pequeño. Fuera de eso no hay nada, sé que no hay nada, solo oscuridad.
Creo que estoy sangrando, me duele la boca. Ya noto el hilillo que se me escapa por la comisura.

Y aquí está otra vez, el terrible dolor de cabeza, la visión borrosa, el fuego en las sienes… el mareo. Y él…
No, él ya no, se lo han tragado las sombras, aunque aun puedo sentir su mirada perforándome. No entiendo nada, solo sé que me duele todo… Pero ya me da igual.

Solitude

Todos la hemos sentido alguna vez, triste compañera que siempre muda permanece, vigilante.

A veces asemeja al acorde del violín o la melodía de la flauta dulce, al comienzo de la lluvia o la brisa de la noche. Otras veces, se clava en el pecho como estaca y oprime con tanta fuerza que incluso cuesta respirar.

En esos momentos, tanto de tristeza calma como de agónica desesperanza, ella, permanece sin mediar palabra. No hablará, ni siquiera aunque grites su nombre con tanta fuerza que desgarres tu garganta.

Poco a poco, va dejando un vacío más y más grande, uno que se llena con el paso del tiempo, con los años. Te vas dando cuenta de que cada vez esperas menos cosas de la vida o de la gente, de que cuesta mucho más encontrar las motivaciones adecuadas.  Y que aunque te mezcles con la multitud buscando el calor que tu corazón anhela, disfrazándote con risas, danzas o malabares… ella volverá a encontrarte.

Y ya sea ahora o en el fin de tus días, te darás cuenta que has llenado un océano de lágrimas invisibles, lágrimas que ella se ha llevado.

“Solitude, my pain, the last thing left of me…”